La huella del “Chema”: Crónica de un periodista total

Con la reciente partida de José María “Chema” Salcedo de la Torre, el periodismo peruano pierde a una de sus figuras más singulares. “Chema”, como lo conocíamos, no fue un periodista de academia, sino de instinto. Su formación fue autodidacta y guiada por la curiosidad literaria y familiar

La Razón, uno de los diarios que dirigió el “Chema” Salcedo.

Su historia es la de un hombre que fue conducido por todos los caminos hacia las redacciones, abrazando la profesión con una pasión y un riesgo que marcaron una época.

Pasó por diarios emblemáticos como La Prensa, donde aprendió los aspectos técnicos del oficio directamente de los redactores experimentados y supo de las tensiones inherentes entre la gestión comercial y la libertad editorial, así como los desafíos de dirigir medios como el Diario de Marka, con marcadas influencias políticas, hasta llegar a la conducción periodística en Radio Programas del Perú y escribir varios libros.

El “Chema” Salcedo siempre defendió un periodismo que priorizara el servicio al lector a través de la recreación y la calidad narrativa; y, además resaltó el valor de la fotografía y la investigación como herramientas fundamentales para fomentar la contemplación frente a la inmediatez de los medios audiovisuales.

A mediados de la década de los 80 un grupo de periodistas y escritores se propusieron contar sus historias a través de un libro, una pasión que intentó transmitir testimonios, experiencias, anécdotas de quienes eran efímeros historiadores: los periodistas. Se llamó “Talleres de comunicación”. Llevaba de subtítulo “El libro de los grandes periodistas”, bajo la dirección del poeta y periodista Reynaldo Naranjo García y el asesoramiento periodístico del “Chema” Salcedo.

Por ese tiempo, llegó a mis manos la cuarta edición, que aún conservo. Habrían de pasar veinte años para que una universidad capitalina se animara a publicar de nuevo “Talleres”, que apareció entre noviembre de 2002, hasta agosto de 2004. Pero en la primera de las ediciones, figuraban ya los nombres de periodistas de la talla de José Faustino Sánchez Carrión, José Carlos Mariátegui, Ángela Ramos, Luis Alberto Sánchez, Raúl Porras Barrenechea, Magda Portal, Carlos Paz Cafferata, Albert Brun, Gabriel García Márquez, César Hildebrandt, Augusto Elmore, Humberto Castillo Anselmi, Rafael Roncagliolo, Carlos Domínguez, Alfonsina Barrionuevo y, claro, el “Chema” Salcedo, de donde extrajimos parte de esta historia.

Portada del libro Talleres de Comunicación donde, entre otros brillantes periodistas, escribió las experiencias que compartimos.

CRONISTA ACCIDENTAL

Como dijimos, el “Chema” nunca estudió periodismo; se formó en Letras y Derecho en la Universidad Católica. Sin embargo, su vocación se gestó en la infancia a través de dos influencias clave: la lectura temprana de Pío Baroja -su primer autor a los siete años- y las minuciosas cartas-crónicas que una tía le enviaba desde Rusia, India o Estados Unidos. Esas cartas, que describían desde la comida hasta la vestimenta de la gente, sembraron en él una curiosidad que iba más allá de la esquina de su casa.

Su primer “reportaje” fue una semblanza escolar sobre su compañero Ernesto Palacio, a quien ya entonces le vaticinaba un futuro en la Escala de Milán (hasta donde realmente llegó); pero su entrada real a un diario ocurrió de forma abrupta en 1974, cuando Raúl Vargas lo llamó para integrarse al diario La Prensa, tras la expropiación del periódico por parte del general Juan Velasco.

Salcedo recordaba sus inicios en La Prensa como un ejercicio de supervivencia. Sin saber hacer un titular, diagramar o siquiera entender qué eran las “comisiones” periodísticas, se vio de pronto dirigiendo la sección laboral y sentado en el escritorio que había pertenecido a otro gran periodista, Alfonso “Pocho” Delboy. Una de las anécdotas más humanas de su carrera ocurrió cuando el propio Delboy, en el diario ya expropiado, acudió a su antigua oficina para recoger unos encendedores y ropa que había dejado en el clóset. Salcedo se sintió entonces un “joven impertinente” frente a un profesional de larguísima trayectoria. Luego, con los viejos y jóvenes periodistas, ante la falta de técnica, su estrategia fue la honestidad: “Yo no sé periodismo, señores… Ustedes me van a enseñar”, les dijo a los antiguos redactores de la “escuelita de Pedro Beltrán”. De ellos aprendió que el respeto al colega que sabe es la base del oficio.

Salcedo, durante un reportaje al penal de Lurigancho.

EL EJERCICIO DEL PERIODISMO

A pesar de no haber pasado por una facultad de periodismo, “Chema” desarrolló una filosofía clara: el diario debe servir al lector y no ser una “escuela tediosa”. Para él, el periodismo tiene una misión de evasión y recreación. Sostenía que, para que un obrero lea un diario revolucionario, primero hay que darle lo que necesita: “En mi caso, cuando tomo la dirección de El Diario de Marka, llego a ser director por una combinación de partidos políticos. Intento respetar el acuerdo político, pero sobre todo hacer periodismo. En cierto modo, yo había dejado de ser el joven de inquietud social que creía que el periodismo era un simple instrumento para expresar mis ideas políticas y sociales; y empiezo a interesarme por el periodismo en sí mismo como técnica y medio de comunicación; y empiezo a respetar al lector en sus necesidades, que son múltiples, no solo políticas. Años atrás fui invitado a la escuela de periodismo de una universidad y hablé acerca de que, si se quiere hacer política a través de un periódico, primero ese periódico tiene que ser un periódico. Primero hay que hacer periodismo y, como dice el evangelio, todo lo demás se os dará por añadidura. Y le dije a este público de jóvenes inquietos: Si queremos que este periódico revolucionario sea leído por la clase obrera, hay que darle lo que la clase obrera necesita, como es el resultado de Alianza Lima y cuáles son las últimas opiniones de Bruce Lee sobre las películas de kung fu. Porque la clase obrera es hincha de Alianza Lima y hace cola en el cine Venecia para ver al señor Bruce Lee disparar patadas y puñetazos”.

Contaba José María que esto motivó a la hora de las preguntas la protesta de un joven revolucionario que estaba en última fila lleno de libros de marxismo, de leninismo y cuanto hay. Lo acusó, pues, de cualquier adjetivo. Entonces le dijo: “No, mi periódico tiene que satisfacer muchas necesidades de lector, una de las cuales es la parte política”. Pero, añade que la parte política es una parte menor de las inquietudes de individuo, de una persona. “Si yo soy un obrero de una fábrica, de la avenida Argentina, que realizo un trabajo social sacrificado, explotado, agotador y encima me van a meter un periódico en el que me van a decir desde la primera hasta la última página que yo soy un sacrificado, explotado, etcétera, yo no leo ese periódico, yo leo, Ojo, porque yo necesito evadir mi realidad cotidiana y el periodismo tiene que cumplir una misión de evasión, de recreación. Hay que servir al lector. Hay que serle útil al lector. No se puede pretender que un periódico va a ser una especie de escuela tediosa y ridícula ante un lector. Por una razón muy sencilla, el lector puede leer el periódico en cualquier momento que le dé la gana. En una escuela se hace una tensión entre el profesor y el alumno. Un periódico tiene que respetar la libertad de un lector. Tiene que divertir al lector.”

ENTRE VETERANOS Y CHIQUILLOS

En El Diario de Marka, “Chema” Salcedo enfrentó el conflicto de dirigir un medio de izquierda donde los partidos políticos querían usar el papel como un boletín de propaganda. “Chema” defendía que el periodismo es una técnica autónoma y recordaba con humor las discusiones con líderes políticos que se quejaban por el tamaño de sus fotos en la diagramación. Allí conoció a Eduardo de la Pinella, a quien recordaba como un político que decidió convertirse en un verdadero periodista antes de su trágica muerte. Eduardo (uno de los mártires de Uchuraccay), se entrevistó con el redactor Humberto Castillo y le dijo, “Mira, me han contratado acá y no sé nada de esto. ¿Cómo es?” Y sus últimos artículos antes de morir no son sobre temas políticos, son sobre temas de información general. El último reportaje que “Chema” le encargó es uno sobre operaciones al corazón y el artículo, que se publica después que muere, se llama Amor y anarquía en los baños de Lima, una nota sobre las inscripciones de los baños y que lo obligó a recorrer todos los restaurantes. “Él me decía: ‘Quiero ser periodista sin dejar de ser político, porque él no renunció a su ideología, ni a su partido, ni a nada. Pero quiero ser periodista”, dijo. Y fue periodista. Tanto lo es, que es un símbolo del periodismo peruano. Bueno, de alguna manera eso también me había pasado a mí sin el privilegio de morir por una causa a una edad adecuada en este país”.

Posteriormente, en el diario La Razón, “Chema” intentó un experimento utópico: un diario de análisis con una redacción compuesta por una extraña mezcla de veteranos y “chiquillos” estudiantes de literatura, que eran “tierra virgen” para sembrar un periodismo sin vicios.

En 1974, en el diario La Prensa, mostrando un cuadro de Mariátegui a un antiguo compañero de trabajo de El Amauta.

EL PERIODISMO COMO CONTEMPLACIÓN

“Chema” Salcedo fue un ferviente defensor de la fotografía periodística frente a lo efímero de la televisión. Trabajando con el “Chino” Domínguez, aprendió que la imagen permite la contemplación, algo que la rapidez de la modernidad ha hecho olvidar. Afirmaba que el gran despliegue fotográfico es un intento de competir con los medios audiovisuales, pero se cometen errores muy graves. “Mucha gente cree que hacer periodismo es agarrar cualquier foto y que la amplíen a toda página. Mentira. Tiene que ser una foto genial, si no, es un insulto al lector, es un absurdo.

Un reportaje, infiltrado en el Hospital Larco Herrera, realizado en 1984 junto al fotógrafo «Chino» Domínguez, tuvo un impacto centrado en la fuerza de la imagen y la memoria visual, por encima de los datos técnicos que contenía. “Chema” relata que, años después, el público no recordaba las estadísticas sobre enfermedades mentales o las explicaciones sobre el psicoanálisis. Lo que quedó grabado en la memoria de la gente fue la fotografía de Salcedo vestido de “loco” junto a un paciente real que vestía exactamente igual.

Para los lectores, esa imagen específica simbolizaba todo el reportaje y lo hacía sentir como algo “extraordinario” e “importante”. El impacto radicó en ver al reportero compartiendo la realidad del reporteado, lo que Salcedo define como un “periodismo de participación” donde el lector se vuelve cómplice de la investigación.

Este reportaje sirvió para validar la tesis de Salcedo sobre la superioridad de la fotografía frente a la televisión. Mientras que las imágenes televisivas le parecen efímeras, la fotografía del Larco Herrera permitió un acto de contemplación, logrando que una realidad incómoda perdurara en el tiempo y “aflorara en los sueños” de quienes la vieron.

El impacto también se derivó del riesgo y la técnica utilizada: Salcedo actuó como un paciente, mientras Domínguez camuflaba su cámara en una bolsa con un agujero para el lente, logrando captar una realidad que, de otro modo, habría sido inaccesible. En resumen, el impacto no fue informativo en un sentido académico, sino emocional y visual, logrando que el público recordara la “aventura” del descubrimiento y la identidad compartida entre el periodista y el sujeto de la noticia.

El famoso “Chema” Salcedo, en irónica pose.

DE LOS 80 A HOY

En los 80, “Chema” veía a la televisión como un medio que daba una falsa sensación de información y defendía el acto de leer como un ejercicio de libertad y conciencia. Hoy, en la era digital, esa competencia se ha multiplicado, y la “rapidez” que él criticaba se ha convertido en la norma de las redes sociales. Asimismo, criticaba a los jóvenes reporteros de su época que creían “inventar el periodismo” por el solo hecho de tener un micro en la mano, calificándolos de ignorantes de la tradición. Hoy, esa crítica resuena con más fuerza en un entorno donde la inmediatez a menudo sacrifica la verificación y la profundidad que él tanto exigía. “Si yo no me considero producto de un sistema de periodismo determinado, entonces, ¿qué sucede?, que yo tengo que ser inventor de todo. Y así tenemos que cualquier joven que estudia periodismo, cree que con él nace el periodismo. Siempre cree tener el ángulo exacto de la noticia; cree que él inventó un sistema de reportaje que antes nadie inventó, que es genio. Cuando el periodismo se llena de genios, llegamos a una crisis seria de genios. Todo el mundo quiere tener su periódico propio, su propia técnica de reportaje. Todo el mundo cree que con él nace el periodismo. No son genios, son ignorantes. Esa es la tragedia de las escuelas de periodismo en nuestro país”. (Larcery Díaz Suárez)