La esposa e hijas del reconocido periodista lambayecano José Vicente Nisizaka Mejía, lograron que las exequias de esposo y padre, respectivamente, se realizaran en un cementerio de Chiclayo, a donde en vida quiso lo trajeran desde Lima, en que falleció hace un año. Vicente fue el fruto de la étnica fusión de honorables raíces japonesas e indígenas. Proveniente de una familia profundamente espiritual de Fukushima, Japón, y de una madre cajamarquina y luchadora. En unión con Eva Aurora tuvo cuatro hijos.

Doña Eva Aurora Figueroa Gaviño de Nisizaka y sus hijas Lucero Aurora y Eva acompañaron sus restos de Lima a Chiclayo. Previamente, en el camposanto Mapfree el P. Santiago Gonzales Gamonal ofició una misa. Luego, previa la sepultura, Lucero Nisizaka leyó un mensaje en el que destacó que servir fue la consigna de su padre, conocedor de la vida y sus avatares, desde que con sus escasos seis años de edad se lanzó al mundo a buscar el sustento para su familia.
Remarcó que su padre vivió siempre unido a su adorada tierra, a pesar que en 1950 partió de Chiclayo a Lima en busca de nuevos horizontes.
Señaló que en estos tiempos se vería a Vicente Nisizaka como un verdadero activista, reclamando ante la oligarquía de entonces los derechos de los campesinos y de los más pobres, con los que se identificaba desde su legendario e incómodo pero luchador “pasquín” de nombre “Huerequeque”, en alusión al ave emblemática de Lambayeque.

Así, dijo, ya como esposo y padre, no dudó en enfrentar a la corrupta autoridad política desde todos los frentes, causando una atmósfera de esperanza y de ánimo en la lucha insuperables, no solo a través de su medio de comunicación, sino desde la composición musical, apoyando en las letras y sin perder la alegría muy chiclayana, el fomento de la represa de Tinajones, por ejemplo; o la asignación de más tierras al campesinado, en tiempos en que la denominada economía de subsistencia estaba más que ahogada.
Lucero recordó que las marineras “Huerequeque” y “Tinajones”, se convirtieron entonces en cantos emblemáticos en la lucha de un pueblo acostumbrado a soportarlo todo.
Finalmente agradeció a Dios “por el gran padre que me diste, lleno de amor por su prójimo; lleno de energía e ideas geniales de servicio; un ser humilde y lleno de sensibilidad, que se sabía imperfecto, como todos nosotros, y que en la última etapa de su vida supo aceptar su purgatorio en la tierra con admirable paciencia, aferrándose aún más a Cristo crucificado, al que puso sabiamente por encima de cualquier exposición a pensamientos o creencias sectarias o de cualquier influencia mundana”.


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