Murió Manuel Huangal expresidente de la Corte Superior de Justicia de Lambayeque

El Poder Judicial está de duelo. Dejó de existir el Dr. Manuel Huangal Naveda, quien fuera más de una vez presidente de la Corte Superior de Justicia de Lambayeque y de quien se recuerda haber participado primero en la remodelación del Palacio de Justicia en la décima cuadra de la calle San José de Chiclayo y haber sido el gestor de la construcción del actual edificio de la Corte, en la avenida Leonardo Ortiz, de esta capital.
Del libro “Corte Superior de Justicia de Lambayeque: 100 años de Historia”, publicado este año con motivo del centenario de la Corte lambayecana, extraemos este texto en el que interviene el jurista Huangal Naveda.

Todos fuimos jueces sin rostro


“El Dr. Manuel Huangal Naveda, presidente de la Corte (2001-2002 y 2005-2006), en ese tiempo también juez sin rostro, recuerda que en Lambayeque todos los magistrados se convirtieron en jueces sin rostro, incluso quienes entraron a trabajar en el 94-95 y 95-96. Y a pesar de todas las dificultades para la administración de justicia, se tuvo una experiencia grata —o ingrata según como se la mire—, porque para el resto del Perú y para el Gobierno, la Corte Superior de Justicia de Lambayeque se convirtió en la que absolvía a la gente. Es decir, no solo condenaba, sino que también absolvía, basándose en lo que dictaba el razonamiento jurídico.
Huangal recuerda que, sin embargo, había jueces a nivel nacional para los que bastaba el hecho de que alguien fuera procesado y ya todo lo condenaba, todos los sospechosos eran culpables, nadie era inocente. Afirma que eso no sucedió en la Corte de Lambayeque, pues cada caso sobre terrorismo era materia de profunda deliberación. Entonces, los atestados sobre cada persona acusada de terrorismo los hacía la policía con la fiscalía y cuando llegaban a los juzgados, los magistrados de Lambayeque tenían que darles forma para que no todos los acusados fueran condenados; había que analizar la conducta de cada uno.
La legislación antiterrorista de 1992, específicamente el inciso a) del artículo 12 del Decreto Ley n.o 25475, ratificó el rol protagónico que venía teniendo la Policía Nacional en el proceso investigatorio, al permitirle que asumiera la investigación de los delitos de terrorismo a nivel nacional, disponiendo que su personal intervenga sin ninguna restricción ajena a las que estuviere prevista en sus reglamentos institucionales (M. Huangal Naveda, comunicación personal, 27 de enero de 2020).
Por otro lado, este accionar positivo de los jueces lambayecanos también fue negativo para ellos. En lugar de premiarse a los magistrados por su decidida actuación, esta fue materia de quejas en su contra, lo que afectó su trayectoria y hoja de vida, máxime si se trataba de jueces provisionales. Por eso, cuando postularon a jueces titulares, muchos se encontraron con que su hoja de vida tenía algunas de estas quejas, en las que no se entendía que algunos de los acusados por delitos de terrorismo, si eran absueltos realmente, era porque no había material probatorio.
El Dr. Manuel Huangal cuenta la historia del juicio por el que se le acusaba a un señor mayor, venido del valle de Condebamba, en Cajamarca, considerada como zona roja porque allí se encontraban los de Sendero Luminoso. Los terroristas llegaron al lugar y convocaron a una asamblea. El protagonista del juicio era acusado porque les había dado de comer.
El hombre se había defendido en este sentido: «Si vienen como veinte personas y me amenazan con sus armas, tengo que darles de comer». Como ante la policía no sabía expresarse, lo único que dijo: «Sí. Yo los apoyé». El hombre venía con una acusación para que se le condene a 20 años de prisión. En la experiencia que teníamos, empezó a escuchar a los jueces sin rostro. Entonces, todos los procesados entraban a la Sala de Audiencia, se sentaban en un banco de cemento y tenían que mirar a un espejo. Aquel hombre estaba absolutamente perdido. No sabía a quién mirar. Quizá estaba pensando en su familia. Se le notaba triste, de no saber lo que pasaba. Su caso lo vimos con dos magistrados equis, y fuimos a votar. Yo había leído su expediente, pequeño nomás. Les digo: «Pero acá no hay pruebas». «No, pero ha reconocido», me respondieron. Les digo: «¿Ha reconocido que les ha dado de comer? Si yo estoy ahí no solo les doy de comer; les preparo un postre, porque estaban armados, repliqué tal vez en son de broma». «No. Acá lo han reconocido entre los militares». (Porque los militares firmaban ahí; no los policías. Firmaban «el comandante Tigre», «el capitán Jaguar»). Les digo a mis colegas: «Pero tampoco tiene valor el acta». Y me contestan: «Sí. No tiene valor; pero tampoco podemos desconocer lo que están haciendo las Fuerzas Armadas». Continué señalando que lo que se estaba viendo era una cuestión probatoria. Este hombre no sabía absolutamente nada de lo que era la subversión. Habían llegado los terroristas y les había dado de comer. Y empezamos la discusión. Al final: 2 a 1, lo condenaron. Yo hice mi voto singular (M. Á. Huangal Naveda, comunicación personal, 27 de enero de 2020).


Manuel Huangal explica al respecto que existe una fórmula en esos procesos. Uno de los jueces sin rostro le preguntó al condenado: «¿Está conforme con la sentencia?». Sus voces salían distorsionadas, como si fueran voces de Carlos Gardel, el Pato Donald o una voz metálica. Se repitió: «¿Está conforme con la condena?». Y el hombrecito respondió: «Estoy conforme».
Entonces yo me enojé. Dije que no se le preguntara así; que se le pidiera consultar con su abogado. «A ver, consulte con su abogado». Y el abogado pidió a su defendido que dijera que no está conforme. Entonces el hombrecito, campesino nuestro, volteó y dijo: «Dice mi abogado que no estoy conforme». «Entonces, como no está conforme, su caso va a ir a Lima». Prácticamente ya había terminado el juicio, pero el abogado quería intervenir. «Déjalo que hable —dije—, no se pierde nada; ya terminamos todas las audiencias. ¿Qué quiere decir el doctor, Dr. Mantilla?».
Y expresó lo siguiente: «Yo, señores, soy de un caserío que queda a la espalda de dónde vivía el acusado, el condenado, y tiene mi edad. Pero a mí, mi familia me trajo a la costa donde otra familia, en Trujillo, que me hizo estudiar la primaria, la secundaria, ir a la Universidad de Trujillo, donde me volví abogado. De repente, si mi familia no hubiese tomado esa decisión de traerme, yo estuviera sentado acá, porque yo también les hubiese dado de comer. Y yo me he preparado para este juicio, porque veía la situación de este hombre como si fuera la mía».
El abogado se puso a llorar. «Ya cálmese, señor», le dijeron. «Allá se va a ver; el expediente va a ir a Lima».
A la hora que se cerró la audiencia, que apagamos los micrófonos, la fiscal, Dra. Collantes, voltea donde mí, y me dice: «Doctor, usted ha debido pelear su voto». Pero no me lo estaba diciendo a mí. Se lo estaba diciendo a los otros jueces, porque aquí era una acusación formal que yo había hecho. Y la fiscal, que era una señora mayor, de repente empieza a llorar. Se hizo un silencio sepulcral. Había que regresarse de Picsi. Eran entre las 6 de la tarde a 7 de la noche. Subimos a la combi. Durante todo el camino se produjo un silencio lacerante que nunca más he sentido; un silencio que dolía en tu conciencia. Aquí podemos usar esas palabras, que son contradictorias, el sintagma, un silencio que te dolía.
Fue un día viernes. Todo el mundo se bajó de la combi y fue a su casa. El lunes siguiente, uno de los dos que había condenado, me dice: «Manuel. Quiero hablar contigo. No he podido dormir todo el fin de semana». «¿Qué ha pasado?». «Es por el caso del hombre al que le hemos puesto 20 años. Tú debiste explicar mejor». Le contesté: «Yo había explicado; había hecho hasta lectura de mi voto, tú te pegas al otro, que es canero».
Pero ahí no termina la historia. Cuatro meses después, este mismo magistrado que estaba dolido con su conciencia, llega y me dice: «¿Te acuerdas del caso en el que el abogado lloró?». «Sí». «Toma, acá está la resolución». La resolución de la Corte Suprema decía: por los fundamentos pertinentes del voto singular, haber nulidad en la sentencia que condena a Juan Pérez y en consecuencia lo absolvieron de la acusación (M. Á. Huangal Naveda, comunicación personal, 27 de enero de 2020).
Tras recordar esta historia, el Dr. Manuel Huangal afirma que cuando se es juez, siempre hay una situación que motiva a entregarse a mejorar el sistema de justicia. Así como a este hombre le dolió, de repente con eso le dio una satisfacción. Recuerda que con dicho magistrado se encontró cuando postularon para titulares. Pero esas eran las quejas que tenían quienes los evaluaban. Y allí figuraba la queja por lo que había hecho Huangal con su voto singular. Y les contó que había condenado a tantos, porque tenía las pruebas en función de una completa información. Solo a quien se absolvía era porque no había problemas; porque el material que había acumulado el Ministerio Público o la policía era endeble; en otros casos, porque había alguna duda; y eso está en la Constitución. Manuel Huangal creyó que con esto de repente iba a tener problemas, pero lo nombraron juez titular”. (Fotos del libro: Corte Superior de Justicia de Lambayeque: 100 años de historia)