
Por: Jorge Izquierdo Castañeda.- De una u otra forma la vieja Ñampaxllec o Ñampagic de tiempos tan remotos que hasta el momento nadie puede expresar con meridiana claridad, la otrora opulenta y señorial San Pedro de Lambayeque del siglo XVIII, celebra en esta fecha, con cívica y patriótica emoción, el trascendental e histórico acto realizado la memorable noche del 27 de diciembre de 1820. No cabe duda, el momento más glorioso en la dilatada y por momentos crítica historia de esta comarca de pasado esplendoroso.

Histórica fecha en que el pueblo de Lambayeque, representado por su cabildo, harto de llevar las ignominiosas cadenas que por espacio de casi tres siglos su alma, su mente y su cuerpo ciñó, se sublevó, primero en el norte del Perú, y consiguió sin derramamiento de sangre la tan ansiada y codiciada libertad. Arriando, para no ser vista jamás en estas ubérrimas tierras las banderas y pendones de Castilla.
Momento culminante en que aún recuerdo a mi padre, el mayor (EP) don Jorge Elías Izquierdo Llanos, un lambayecano de corazón, cantarlo en una estrofa: Fuiste tú la primera en el Norte del Perú/ que Libertad en unánime grito dio/ rompiendo yugos y cadenas que por espacio de tres siglos el pendón de Castilla apoyó.
Han pasado 200 largos años de aquella titánica jornada, de aquella significativa fecha que le valiera a esta ciudad, cuna del huerequeque, de caciques, pachacas, mandones y mandoncillos, el blasón de Generosa y Benemérita.
Han pasado 200 años de aquel espontaneo y sonoro grito libertario que estremeciera los cimientos del pendón invasor, y no solamente en el norte de nuestro suelo patrio si no en todo el Perú. Epopeya, ejemplo y preludio de los movimientos libertarios de Trujillo, Piura y Tumbes. Hazaña que se sellara definitivamente con las gloriosas jornadas de Pichincha, Otuzco, Junín y Ayacucho.
Que no nos quepa la menor duda, en el sentido de que deben haber sido momentos de intensa emoción patriótica los vividos en aquellos inigualables y álgidos días en la antigua comarca lambayecana que fundara el mítico Naylamp. Ahora nosotros también los recordamos con cierta melancolía. Porque como bien anotara el ilustre poeta peruano don José Gálvez Barrenechea: […] tal vez no se han cumplido del todo los votos y los deseos de nuestros progenitores ilustres que se atrevieron a enfrentarse a un poder secular y glorioso para que fuéramos no solo libres sino también grandes”.
Ha pasado tanto tiempo y tal vez, volvemos a sustraerle la docta pluma a don José Gálvez: […] si se realizara el milagro de que volviera a congregarse el polvo y fueran otra vez con nosotros los que duermen el glorioso sueño de la inmortalidad, tal vez nos preguntarían con patriótica congoja ¿Qué hemos hecho para ser dignos de su memoria y de su obra?
Por todo ello, en una conmemoración profundamente patriótica como la que hoy celebra jubilosa la gallarda, generosa y benemérita ciudad de San Pedro de Lambayeque, que no conoció ni el deshonor ni el miedo, y que al final se convirtió en “El azote de tiranos y honra de la Nación”, es necesario evocar con profundo sentimiento cívico patriótico a nuestros próceres y, sobre todo, a aquellos anónimos combatientes, criollos, mestizos, indios, negros, zambos, pardos, mulatos, etc., que regaron con su sangre los campos de batalla en las gloriosas jornadas de Pichincha, Junín y Ayacucho. Juntos, codo a codo, lucharon denodadamente bajo el sublime juramento de alcanzar la ansiada libertad, porque constituía una causa noble y justa, amén de ineludible ley natural. (Foto de portada: Guillermo Luna)

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