Coleccionista de papel

Es quizás el poseedor de uno de los archivos documentales más valiosos de Chiclayo. Su nombre es Miguel Ángel Díaz Torres y esta es su historia. 

Cuando tenía veinte años, Miguel Ángel Díaz Torres se dio cuenta de lo poco que sabía de la historia de Chiclayo. Lo único que le habían enseñado en el colegio, durante las soporíferas clases de historia, tenía que ver con sucesos ocurridos en la escena limeña. Espoleado por el deseo de conocer algo más acerca del pasado de su ciudad, un día cogió unas tijeras y se puso a recortar aquellos artículos que aparecían en la prensa local sobre la historia de Chiclayo. Empezó a guardarlos en una bolsa de plástico que había sobre su armario, la cual poco a poco fue abultándose de recortes y documentos variados. Fue el inicio de una fiebre. O de un delirio por acumular papeles de cierto valor histórico. Cuarenta años después, gracias a esa temprana afición por el pasado, Díaz Torres es quizás hoy el poseedor de uno de los más valiosos archivos sobre la historia de Chiclayo que existen en nuestra ciudad. 

“Yo empiezo en el año 79 u 80, quizás algo menos”, intenta recordar Díaz Torres, sin mucha seguridad, desde un sillón de la casa paterna, una modesta vivienda situada en la urbanización San Juan, adonde vuelve de cuando en cuando procedente de la ciudad de Trujillo, donde vive instalado con su familia. “¿Por qué? Porque los primeros recortes periodísticos que guardé datan de esa época. Es raro que tenga uno de más atrás, aunque puedo haberlo conseguido después, claro. En época del colegio no había tenido ningún interés”, añade este viejo coleccionista de papel, quien realizó sus estudios secundarios en el centenario colegio San José. 

Díaz Torres distingue dos etapas en su vida relacionadas con su afición por coleccionar maniáticamente todo papel que cayese en sus manos: la primera, que abarca los años en que comenzó a recopilar materiales y documentación sobre la historia de Chiclayo; y la segunda –en los años noventa–, cuando comienza a escribir y publicar relatos tejidos a partir de rigurosas investigaciones. 

Mostrando parte de su archivo bibliográfico. Foto: Diario de un escapista.

“El haber escrito publicaciones me ha hecho aprender mucho más de lo que supuestamente sabía”, afirma Díaz Torres, cuyo primer libro, titulado Del Chiclayo que se fue y publicado en 1993, está dedicado a la figura del recordado periodista José Arana Cuadra. El libro de este volumen, precisamente, fue tomado de las piezas periodísticas que Arana publicaba por aquellos años en los periódicos locales. 

“Cada vez que venía a Chiclayo, visitaba al periodista José Arana, quien era muy amigo de mi familia”, relata Díaz Torres, evocando las plácidas noches transcurridas en compañía de don José Arana. “Por aquel entonces yo venía de Trujillo y me iba a la casa de Pepe Arana para conversar con él sobre la historia de Chiclayo. Y se me dio una vez la idea de grabarlo. Entonces lo grabé en tres cintas de casete”. Fueron a partir de esas tres cintas magnetofónicas que a Díaz Torres se le ocurrió editar un libro basado en las transcripciones de sus charlas con el periodista. El resultado fue Del Chiclayo que se fue, un volumen escrito en primera persona que presenta a un retrospectivo José Arana describiendo sus recuerdos personales en la ciudad de Chiclayo. 

En la presentación que Díaz Torres redactó para estos textos se lee: “Muchas décadas de edad me llevaba Pepe. ¿Qué hacia un joven en amena conversación con un viejo? Muchos se preguntarían eso, pero aparte del cariño sincero y la estima de dos amigos, nos unía ese espíritu chiclayanista, el amor por nuestro terruño y por los recuerdos de Chiclayo de antaño, que disfrutábamos tanto él contándolos como yo escuchándolos, consultas que Pepe despejaba y ese deseo de un mejor futuro para nuestra tierra, la pequeña patria que nos vio nacer”. 

Aunque admite que es inevitable a veces la tentación de la melancolía por una ciudad desaparecida tras la fachada de progreso y modernidad que exhibe hoy Chiclayo, Díaz Torres asegura escribir e investigar por un interés puramente histórico y no desde la añoranza o el sentimentalismo. “Son sencillamente diferentes épocas”, apunta con frialdad, en referencia a las comparaciones que surgen a veces entre esta y las épocas anteriores. 

Ejemplares encuadernados del extinto diario chiclayano El País, parte de la colección hemerográfica de don Miguel Ángel Díaz Torres. Foto: Diario de un escapista

Después de esta publicación inicial, que el autor editó e imprimió por sus propios medios, vinieron una serie de escritos más que Díaz Torres ha publicado luego de sus arduas pesquisas realizadas en su propio archivo personal y a los que dio forma de relatos de ficción. Al mismo tiempo, sus incursiones en librerías y bibliotecas de Lima y Chiclayo en busca de información no paraban. El largo esfuerzo por compilar archivos no ha estado exento, sin embargo, de distintos tropiezos, pues en muchos casos Díaz Torres ha conocido de la desidia de las autoridades e instituciones respecto del patrimonio cultural del país. “Todo lo antiguo lo botan. No hay una cultura de rescate bibliográfico. Yo he visitado todas las bibliotecas posibles y he encontrado muy poco”, lamenta. 

Díaz Torres llama “desgracias culturales” a los sucesivos ataques perpetrados desde las instituciones por acción u omisión hacia los archivos documentales. “La colección de El País y El Tiempo, de los años veinte a cuarenta, estuvo en la antigua biblioteca de la Universidad Pedro Ruiz Gallo. Los periódicos estaban amontonados en un cuarto sin que nadie los encuaderne. No les interesaba. Las lluvias del 83 caen, los mojaron y esa fue una razón para botarlos. Y si hubieras ido antes de eso para solicitar algo, te lo hubieran negado. Ni chicha ni limonada. Otra desgracia cultural ocurrió con el Ministerio de Agricultura de Lambayeque. Fue incendiado por Sendero Luminoso en el año 89. Antes de eso, todos sus archivos estaban en un patio, a la intemperie”. 

Y así. Son numerosas las anécdotas sombrías que Díaz Torres refiere en relación con el desprecio general que prima hacia el patrimonio bibliográfico y que, según se parecer, estaría vinculado con la ausencia de políticas públicas orientadas a la atención del sector cultural. 

“El personal que está en el Archivo Regional de Lambayeque –denuncia Díaz Torres– es personal que ha llegado ahí castigado de otras dependencias. No están capacitados, no tienen mística de trabajar en un archivo, no les gusta. ¿Qué buena labor puede desempeñar alguien que está ahí por castigo?”.

Tarjeta de salutación dirigida por la Junta Militar de Gobierno, encabezada por el general Odría, al político etenano Benjamín Calderón y Calle. Fue rescatada por Miguel Ángel Díaz Torres de las manos de un mercachifle. Foto: Diario de un escapista.

Aunque con limitaciones, la mayoría de carácter económico, Díaz Torres, quien es Administrador de Empresas de profesión, pero se autodefine como un historiador no profesional, se ha dedicado en las últimas cuatro décadas a enriquecer su pequeña biblioteca con documentos y archivos procedentes de las fuentes más insospechadas. Desde proezas épicas como la de rescatar gruesos legajos de documentos oficiales de la Sociedad Beneficencia Pública de Chiclayo hasta hacer hallazgos fabulosos en tenderetes de segunda mano, pasando por el escrutinio en librerías de la calle Alfonso Ugarte, Díaz Torres ha conseguido reunir un codiciable patrimonio compuesto de libros, fotografías, recortes, planos, volantes y periódicos y revistas. Aunque en menor intensidad, según reconoce, hasta el día de hoy no puede abandonar esa vieja compulsión o manía (o fiebre o delirio) que lo ha llevado a lo largo de los años a incorporar a su colección octavillas y periódicos actuales con la expectativa de que, con el correr de los años, cobren un incalculable valor histórico. 

Una de las colecciones que Díaz Torres atesora con mayor aprecio es la del multifacético Benjamín Calderón y Calle, que el historiador adquirió por unos cuantos soles a través de un vendedor ambulante. Esta es solo una pequeña parte de su inmensa colección bibliográfica que conserva con celo dentro de una habitación abarrotada hasta el techo de documentos y libros en su vivienda de la urbanización San Juan. Posee además una colección bastante apreciable del desparecido diario El País, así como de documentos difíciles de hallar como los referidos a las memorias redactadas por la Sociedad Beneficencia Pública de Chiclayo. 

“El libro más antiguo que tengo es de 1888, El arte de la lengua yunga, de Fernando de la Carrera”, señala Díaz Torres, quien posee además numerosos libros de comienzos del siglo XX. “Los que tienen para mí también un valor especial, porque me han servido para escribir mis libros, son los informes del Ministerio de Fomento sobre Lambayeque, donde constan los informes de los médicos”. 

Los logros de Miguel Ángel Díaz Torres a día de hoy son aplastantes: además de seguir aportando al conocimiento de la historia lambayecana a través de distintas publicaciones hechas en su página de internet, ha escrito un puñado de relatos e investigaciones sobre la historia de la salud pública en nuestra región, tales como Cuando la peste nos visitó, un relato elaborado a partir de la epidemia de peste bubónica que azotó la región norte del país en 1904, cuya lectura en estos tiempos de pandemia y confinamiento se vuelve de imperiosa necesidad. Asimismo, ha ofrecido conferencias en algunas universidades de la región y organizado, junto con la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, exposiciones hemerográficas a partir de sus propios archivos personales. Es también autor de la primera herramienta digital de búsqueda y clasificación de archivos en nuestra región. Aunque dice no saber con seguridad a quién va a legar toda esa riqueza bibliográfica cuando él ya no se cuente entre nosotros (donarlo a un archivo institucional no está entre sus planes), Díaz Torres prefiere no pensar en eso y seguir coleccionando. Lo cual es más importante. 

(Tomado de: Enrique Sarmiento.- diariodeunescapista) 

https://diarioescapistasite.wordpress.com/2020/12/24/coleccionista-de-papel/ ;

Enrique Sarmiento.  

Escritor. Periodista. Fue reportero del diario “La Industria”. Cofundador de publicaciones como “Oposición” y “Jueves”. Se escapa de donde lo invitan. Alguna vez pretendió hacer la revolución, pero se quedó dormido.